Ya fuera la luna casi llena, la inesperada brisa fresca en una noche de julio, el entorno natural o el fondo de postal con el Palacio Real iluminado, lo cierto es que hoy en Madrid, Michel Camilo y Tomatito han reavivado a fuerza de maestría y mística el romance entre jazz y flamenco, entre piano y guitarra.

"Buenas noches, estamos encantados de poder estar aquí con todos ustedes y entregarles nuestras almas y corazones. A ver si llenamos esta noche de magia", ha dicho Camilo al inicio de este concierto de los Veranos de la Villa ante unas 2.000 personas. Tanta magia ha habido, que en algunos momentos hasta han saltado chispas.

Y eso que han tenido que luchar contra un enemigo arbitrario, el viento que soplaba en el escenario Puerta del Ángel de la Casa de Campo, que se colaba a ratos por el sistema de amplificación, enturbiando parte del encanto. Pese a todo, Camilo y Tomatito se han mantenido impertérritos y a lo suyo.

Dos celebrados discos, "Spain" (2000) y "Spain again" (2006), dan cuenta de la confianza de estos dos músicos en el encuentro posible de dos estilos y dos instrumentos que hace una década parecían inconciliables por su presunta incompatibilidad rítmica.

Por separado eran ya dos artistas prominentes. El dominicano Michel Camilo hizo crecer su fama en Nueva York y sus discos enseguida ascendieron al Olimpo de las críticas musicales y de las listas de ventas de jazz, con piezas como su primer álbum homónimo, "On fire" o "Rendezvous".

Algo parecido sucedió con el guitarrista almeriense José Fernández Torres, más conocido como Tomatito, que ha acompañado por medio mundo a figuras de la talla de Paco de Lucía, Camarón de la Isla o Frank Sinatra.

No obstante, aún les aguardaba descubrir los frutos de una asociación más prolífica y genial, que se gestó allá por 1997, cuando aproximaron dos mundos aparentemente tan distintos pero que, en el fondo, tienen una misma base, la expresión musical del sentimiento más profundo.

Más de diez años después, lo suyo es ya un engranaje bien armado, aunque hablar de mecánica le robe la parte mágica que también es consustancial a sus actuaciones.

"Nos encanta juntarnos y poder hacer música juntos. El encuentro significa redescubrirnos en cada concierto. Esperemos que así sea esta noche", ha dicho Camilo.

En su actuación, guitarra y piano se entrelazan, se funden, se buscan y se encuentran, como el cortejo de dos amantes que juegan primero a la provocación y después a la entrega, a la pasión, momento que más aplausos arranca.

Tras ellos se hallan dos celestinos con manos prodigiosas, dos artesanos del sonido que se entienden con miradas y sonrisas de complicidad.

Como en el amor, lo suyo es una cuestión de escuchar, de generosidad y de moderación cuando ambos instrumentos se encuentran. Y eso que al dominicano le encanta improvisar y, como él dice, volver loco a Tomatito para sacarle cada vez una poesía diferente.

Sea como fuere, hace falta mucho talento para llenar de contenido un escenario que, antes del concierto, ofrecía otra imagen, desamparado y desnudo, con poco más que el piano de Camilo y una silla plegable como todo mobiliario.

Ellos han puesto el poderío. Los conjuros han salido de sus dos discos conjuntos, como la bulería "A mi niño José" de "Spain", el sello argentino de "Libertango", que ha abierto la velada, y "Fuga y misterio", ambos de "Spain again", y regalos como su versión personal de "Waltz for Debbie" de Bill Evans.

Al final, el público de Madrid ha proclamado su entrega por estos artistas con aplausos y más aplausos, recompensados con un par de bises.