Cuatro poetas de Italia, Cuba, Sudáfrica y Argentina llevaron en persona sus rítmicos y sonoros versos a un asentamiento de Medellín en el que sobreviven desplazados por el conflicto armado interno.

Hasta La Cruz y La Honda, cuyas casas se aferran a las laderas de un empinada montaña, llegaron la italiana Giovanna Mulas, la cubana Magia López, el argentino Gabriel Impaglione y el sudafricano Iain Ewok Robinson, cuatro de los noventa poetas que concurren al XXI Festival de Poesía Internacional de Medellín.

Sus rostros, entre aterrados y sorprendidos, traslucían la alucinante aventura de trepar la montaña en un pequeño transporte público que raudamente llegó casi hasta la cima para dejarlos en medio de una diminuta vía a cuya orilla se levanta un colegio que atiende a no menos de 1.400 niños del sector.

Ya "en tierra firme" y sin la preocupación de tener al lado los profundos precipicios, coincidieron en que la experiencia valió la pena y, sobre todo, que fue enriquecedora, incluso más para ellos que para su auditorio, compuesto por niños, jóvenes y ancianos.

"El contacto con la gente me enriqueció mucho", admitió a Efe la italiana Mulas, y reconoció que la realidad de esta parte del noroeste de Colombia es, como la de Italia, de "contrastes muy grandes".

"De Latinoamérica, allá se sabe poco", comentó la poetisa, que se mostró confiada en que la poesía sirva de vehículo para que el mundo se "sensibilice para ser mejor".

A Gabriel Impaglione, que le saca a sus versos tiempo para ser periodista y seguir la actualidad del fútbol, lo "golpeó" la emoción de encontrarse con la realidad del asentamiento.

Reconoció que conoce la desgarradora situación que se vive en algunos sectores de su país y de Latinoamérica, al tiempo que elogió la labor que cumple el Festival de Poesía con la población desplazada.

"Es emocionante encontrarse con este mundo, con esta realidad", dijo, pero resaltó que en medio de esta realidad lacerante "se considere que la poesía es un medio para el encuentro de la paz".

Al tiempo que los poetas deleitaban al público con sus versos, Ana Gladys Moreno Giraldo recordaba en un costado del patio del colegio su vida de desplazada mientras revolvía con una enorme cuchara de palo dos grandes ollas en las que preparaba una frijolada (sopa de judías) para repartir después de la lectura de poesía.

Con menos de 42 años de edad, esta mujer tiene cinco hijos, varias amenazas de muerte y dos desplazamientos.

Ella es una de las líderes del sector que reúne a unas 4.000 personas que, como ella, llegaron a esta parte de Medellín desplazadas, en su mayoría, por paramilitares que las obligaron a abandonar sus tierras en Urabá, región del departamento Antioquia.

"En esa época, hace unos 15 años, en el Urabá hubo grupos paramilitares que quisieron exterminar a quienes trabajamos con grupos de campesinos y que militábamos en grupos políticos de izquierda como la Unión Patriótica (UP)", recuerda la mujer.

Ahora no es que su situación esté mucho mejor, pero tiene la tranquilidad de que está rodeada de gente que, como ella, sigue buscando unas oportunidades de vida, pues la violencia le quitó a su primer esposo, a un primo y a un hermano.

"A todos los desaparecieron en el Urabá", le dijo a Efe.

Otro de los líderes visibles del asentamiento es Luis Ángel García Bustamente, quien tiene 67 años y dice que todavía le quedan fuerzas para batallar por su comunidad.

Para él, atrás quedaron los años en que salió de San Rafael, su pueblo natal en Antioquia, para adentrarse en Urabá a "talar monte, hacer fincas y encontrar riqueza".

Contó que tras estar asentado allí lo picó el bicho de la política y comenzó a trabajar "con masas". Por eso se vinculó con la UP, "hasta que nos quisieron desaparecer", dijo.

De nada valió que él hubiese sido concejal en cuatro oportunidades de una población de esa zona, porque la presión sobre la UP fue dura, hasta que finalmente abandonó sus tierras y se desplazó a Medellín.

Como pudo, se volvió a conectar con otros desplazados y nuevamente comenzó a trabajar con la población que llegaba a la urbe "sin siquiera saber leer o escribir".

"Pese a todo lo que ha pasado en el barrio, que no es ajeno al fenómeno de violencia, recrudecido en los últimos años, aspiramos a no irnos de aquí, porque el trabajo que se ha hecho es grande y la gente ha encontrado, de a poco, la tranquilidad que no ha tenido", señaló el anciano líder.

Ovidio Castro Medina