¿Por qué el fútbol causa tanta fascinación en las multitudes? ¿Por qué tanta pasión, alegría o lágrimas desenfrenadas?

Pensándolo bien, no debería ser así, ya que el mundo del fútbol es como una rueda gigante que gira eternamente. Algunos equipos ganan torneos, otros pierden. Al año o en el torneo siguiente, usualmente todo cambia. Las victorias causan euforia, las derrotas depresión. Pasados esos momentos de alteración emocional, todo vuelve a cero y comienza nuevamente como si nada hubiera pasado.

¿Qué es lo mágico que hay en el fútbol que hace que una nación entera se hermane? Es algo raro en países como Brasil, donde el espíritu comunitario (somos mucho más solidarios que comunitarios y más individualistas de lo que se pueda imaginar) y la aproximación entre desconocidos sólo se da alrededor del fútbol. Si fuera sólo aquí, podríamos imaginar alguna idiosincrasia nuestra, como es el carnaval. Pero el fútbol rebasa idiomas, religiones, razas, culturas, ideologías, países.

Como los equipos que a partir del viernes se enfrentan en busca del título de la Copa América. ¿Qué deporte es ese que crea enfrentamientos y los calma, que multiplica rivalidades históricas, fruto de conflictos de tierras entre países vecinos, y al mismo tiempo los pone a respetarse cara a cara en una cancha?

Los otros deportes no crean hinchadas perennes y unísonas; las masas sólo aparecen temporalmente en los grandes eventos. ¿Por qué causas más conmovedoras no mueven tanto como el fútbol: como los niños en la calle, los tsunamis, la miseria extrema en el corazón de Africa y en algunas otras esquinas, el genocidio y muchas otras?

Cuando un equipo gana en una competencia la ciudad se detiene, salimos a las calles, aparecen las bengalas, los seguidores se embriagan en una enorme fiesta que al día siguiente ya es obsoleta para generar expectativas para el próximo torneo. Toda esa explosión de euforia es fugaz. Una droga quizás tendría un efecto más duradero, pero nunca tendría un número tan alto de usuarios.

Y el fútbol, cuando no ofrece la victoria, provoca reacciones incontrolables de las masas que salen destruyendo todo lo que ven al frente, incendian el mismo estadio que minutos antes besaban, enfrentan a las fuerzas de seguridad a pecho descubierto y sin armas como si otras agresiones eventuales fueran menores y menos dolorosas. La locura se establece en toda su expresión humana. Como decía Nietzsche: "La locura entre individuos es rara, pero entre las multitudes es regla".

Una nación entusiasmada puede ser maravillosa o, quien sabe, peligrosa. Las grandes emociones son poderosas en manos de quien las vea, de quien las identifique, a pesar de que sea prioritariamente para el mal.

En la Copa del Mundo que se hizo en Argentina en 1978, al igual que en la victoria brasileña en 1970 en México, la junta militar hizo de todo para encubrir sus actos; la suciedad instalada en este régimen fue tendenciosamente barrida debajo del tapete rojo de sangre de nuestra población agredida, torturada, desaparecida.

Por eso muchas veces pienso si podremos algún día dirigir este entusiasmo que gastamos en el fútbol hacia algo positivo para la humanidad, pues a fin de cuentas el fútbol y la tierra tienen algo en común: ambos son una bola. Y atrás de una bola vemos niños y adultos, blancos y negros, altos y bajos, flacos o gordos. Con la misma filosofía, todos a fantasear sobre su propia vida.

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Sócrates fue capitán de la selección brasileña en el Mundial de 1982. También disputó el Mundial de 1986 y es considerado uno de los mejores mediocampistas de todos los tiempos. Para comentarios pueden escribir por Twitter a http://twitter.com/AP_CopaAmerica