Las operaciones antiterroristas en la última década han suscitado un nuevo problema en Indonesia, la nación musulmana más poblada: los milicianos presos están reclutando nuevos miembros para su causa.

Las prisiones amenazan socavar los progresos logrados contra el terrorismo desde el 2002, cuando una serie de bombas en clubes nocturnos mataron a 202 personas en la isla de Bali, muchas de ellas australianas y estadounidenses.

La campaña asumió importancia mundial debido a los temidos vínculos entre grupos terroristas del sudeste de Asia y al-Qaida. Esa posibilidad fue puesta de manifiesto por el arresto en enero de un sospechoso de los ataques en Bali, Umar Patek, en Abotabad, la misma ciudad paquistaní donde Osama bin Laden fue muerto en mayo.

El director correccional de la prisión de Porong concedió a The Associated Press dos días de acceso irrestricto a la prisión a principios de junio para demostrar los cambios que se instrumentaron a fin de limitar la influencia de los presos yihadistas. Si bien hubo mejoras, las entrevistas con terroristas y otros convictos muestran el modo directo en que los primeros cortejan a algunos de los segundos.

Porong es un complejo de edificios de concreto en una superficie de 15 hectáreas (40 acres) cerca de Surabaya, la segunda ciudad del país. Aloja a 27 terroristas, parte de los 150 que están en prisiones del vasto archipiélago indonesio.

El bloque F está reservado técnicamente a terroristas pero también acomoda a otra cincuentena debido al hacinamiento. La prisión, diseñada para 1.000 reclusos, tiene 1.327.

En medio de un jardín, terroristas barbados crían patos mientras los peces nadan en pequeñas lagunas. Algunos milicianos juegan deportes con otros presos, mientras otros leen el Corán o enseñan el islam a los prisioneros ordinarios.

"Sólo les explicamos lo que deberían saber sobre la yihad", dijo Syamsuddin, que cumple una sentencia de muerte por su participación en un ataque a un club de karaoke en Ambon que mató a dos cristianos en el 2005. "De ellos depende aceptarlo o no".

Syamsuddin fue instruido en la fabricación de bombas por el supuesto terrorista Omar al-Faruq, de al-Qaida, durante un conflicto musulmán-cristiano en Ambon entre 1999 y 2002.

Muhammad Syarif Tarabubun, ex oficial de policía, fue sentenciado a 15 años por su papel en el mismo ataque. Se rió con ganas mientras explicaba sus creencias extremistas. Dijo que planeaba unirse a la "guerra santa" en Afganistán, Irak o Líbano después que presumiblemente lo dejen en libertad anticipada en el 2013 por buen comportamiento.

"La muerte de Osama bin Laden no enfriará nuestra motivación para la yihad", afirmó. "No lo hacemos por una figura. Lo hacemos por la bendición de Dios".

La radicalización es común en las prisiones hacinadas de Pakistán y Afganistán, donde miles de terroristas e insurgentes están alojados junto con otros, según un estudio de 15 naciones del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización y la Violencia Política, con sede en Londres.

En Indonesia, dicen los expertos, algunos radicales cumplen sus sentencias y salen con un compromiso más firme por la violencia religiosa. De 120 arrestados y 25 muertos en operaciones desde febrero del 2010, 26 habían estado presos antes por actos terroristas, según el Grupo de Crisis Internacional, que estudia los conflictos mortíferos.

Sidney Jones, una de los expertos en terrorismo del grupo, considera que las prisiones indonesias son el eslabón más flojo en el esfuerzo antiterrorista. "Van a socavar todo lo que la policía está haciendo para liquidar estas redes", advirtió.

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