Cristina García Casado

Come, tu país te necesita". EE.UU., una nación que durante un siglo pidió a sus hombres que se alimentaran copiosamente para ser fuertes en la guerra, mantiene ahora una lucha sin cuartel contra la obesidad.

Desde la independencia de la Corona británica en el siglo XVIII, todos los gobiernos de EE.UU. han intentado sentarse a la mesa con sus ciudadanos e influir en qué, cómo y cuánto comen.

Así lo narra la exposición "What's cooking, uncle Sam" ("Qué se cuece, tío Sam"), que mostrará hasta el 3 de enero próximo la turbulenta relación de EE.UU. con la comida en los Archivos Nacionales de Washington.

La alimentación, hoy uno de los temas favoritos de los estadounidenses, fue durante el siglo XX algo más que una tendencia: se convirtió en todo un asunto de seguridad nacional.

En un siglo marcado por los conflictos, el tío Sam -personificación del Gobierno de EE.UU.- no tenía tiempo para contar calorías ni podía permitirse eliminar ciertos alimentos de la dieta de sus conciudadanos: los estadounidenses necesitaban comer todo lo que estuviera a su alcance para ser los más fuertes en la contienda.

La preocupación del tío Sam por la fortaleza de sus muchachos fue tal que llegó a lanzar campañas para involucrar, incluso, a los más pequeños.

"Pequeño estadounidense, haz tu parte: come maíz, deja el trigo para nuestros soldados", podía leerse en un cartel de 1918, año en que concluyó la Primera Guerra Mundial.

La comida, ahora talón de Aquiles de los más de 72 millones de obesos de EE.UU. sobre una población de unos 300 millones, ha ocupado roles muy distintos a lo largo de la historia del país, pero nunca ha dejado de ser un dolor de cabeza para el tío Sam.

Antes de la ley "Pure Food and Drugs Act" de 1906, los alimentos contenían productos químicos tan tóxicos que hasta un inocente caramelo podía ser letal, explicó a Efe la comisaria de la exposición, Alice Kamps.

Sustancias como el sulfato de cobre, el ácido bórico y el alquitrán de hulla se usaban como conservantes antes de la norma, que convirtió en ilegal la venta de productos adulterados con materiales tóxicos.

Los estándares nutricionales también han sufrido drásticos cambios con el paso del tiempo.

Para cuando se publicó la primera guía alimentaria en 1894, se pensaba que lo importante era la cantidad que se ingería, el qué se comía importaba poco.

Más tarde llegaron los grupos de alimentos: doce en 1930, siete durante la II Guerra Mundial, cuatro en 1956 y finalmente cinco en la pirámide de 1992, liquidada recientemente por el diáfano "plato" de la Administración Obama.

Hace 60 años la mantequilla tenía su propio grupo alimenticio, de manera que el Gobierno, ahora en ardua cruzada contra las grasas saturadas y el colesterol, recomendaba entonces ingerir la misma cantidad diaria de este graso producto que de frutas y verduras.

Y en 1945 el tío Sam invitaba a los estadounidenses a comer "lo que quisieran", más allá de los siete grupos alimenticios de entonces.

Una invitación que escandalizaría a la actual primera dama de EE.UU., Michelle Obama, la última gran comprometida de la Casa Blanca con la alimentación sana.

En un país dividido entre los que defienden el papel del Gobierno federal y quienes desdeñan la intromisión de éste en ciertos asuntos, el debate alimentario no podía escapar a la polémica.

Por eso, mientras Michelle Obama batalla por que las escuelas del país sustituyan las patatas fritas por la ensalada, la exgobernadora de Alaska Sarah Palin reparte galletas en los centros y arenga a los niños para que coman lo que les plazca.

Los sucesivos inquilinos de la mansión presidencial han ido dejando su impronta en los comedores de EE.UU., hasta el punto de que se cuentan por millones las cartas que han llegado a la Casa Blanca pidiendo las recetas favoritas del jefe de Estado de turno.

A cada mandatario se le asocia con un tipo de comida: Lyndon B.Johnson sorprendió a todos con sus barbacoas, la familia Kennedy popularizó la gastronomía francesa y el actual presidente de EE.UU., Barack Obama, ha dado fama a un par de locales de comida rápida de Washington.

De este modo, el tío Sam sigue, 235 años después de su nacimiento, sentado a la mesa con sus ciudadanos y con ninguna intención de levantarse y dejarlos comer solos.

Cristina García Casado