La jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos Sonia Sotomayor tenía siete años y vivía en el sur del barrio neoyorquino Bronx cuando se dio cuenta que padecía una sed insaciable. Poco después, comenzó a mojar la cama en las noches.

"Me daba vergüenza", dijo la jueza, hoy de 56 años, al relatar la forma como se enteró que tenía diabetes. Sotomayor, de ascendencia puertorriqueña, habló de su experiencia personal ante niños diabéticos.

La razón por la cual la jueza se reunió el martes con los menores en un salón de baile en Washington DC fue para garantizarles que el mal que comparten no es impedimento para que hagan lo que deseen.

"Es una enfermedad de la que tienen que atenderse, pero ustedes pueden", dijo Sotomayor mientras descansaba en un sillón frente a 150 niños sentados en semicírculo en una alfombra frente a ella.

Sotomayor dijo que tiene el trabajo de sus sueños y que enfrentar la enfermedad se le volvió un hábito.

La jueza se inyecta insulina de cuatro a seis veces al día, a menudo antes de que ocupe su lugar con sus colegas para escuchar lo argumentos de los casos en la Corte Suprema.

Desde hace tiempo se conocía la condición de salud de Sotomayor, pero ella no había hablado antes de una manera tan abierta sobre la manera como se controla la enfermedad.

La presentación de la jueza fue parte del Congreso Infantil de la Fundación de Investigación sobre la Diabetes Juvenil.

Una niña preguntó si tener diabetes tipo 1 era más fácil de adulto y Sotomayor respondió "absolutamente".

Los avances en la tecnología han hecho más fácil el tratamiento de la diabetes desde que se la diagnosticaron a principios de la década de 1960, dijo la jueza.

Sotoyamor separó sus manos a una distancia de unos 30 centímetros (un pie) una de otra para mostrar exageradamente el tamaño de la aguja que utilizaba un técnico de laboratorio para la extracción de sangre.

Cualquiera que fuera el tamaño de la aguja, Sotomayor dijo que era tan grande que corría del hospital donde se le haría un examen y se escondía debajo de cualquier automóvil afuera.

En lugar de los pinchazos de la actualidad para verificar los niveles de azúcar en la sangre de un diabético, Sotomayor relató que utilizaba el filo de una navaja de afeitar. "Era horrible", afirmó.

Como no había jeringas desechables para inyectarse insulina, Sotomayor tenía que esterilizar una aguja todas las mañanas, para lo cual necesitaba subirse en una silla a fin de alcanzar la estufa.

Llenaba una olla de agua y esperaba a que hirviera. "El agua tardaba una eternidad para hervir", dijo la jueza.

Cuando otro niño le solicitó que dijera algo positivo sobre tener diabetes, Sotomayor dijo que la enfermedad le enseñó disciplina, la cual le ayudó primero como estudiante y después como profesional.

"Imagínense como me sentía todo el tiempo", dijo. "Todo eso me enseñó la disciplina".