Desgarradora historia de separación familiar. La odisea de un padre inmigrante que dejó a sus tiernos hijos para buscarles un mejor futuro trabajando en Estados Unidos. "Lo que hace uno por los que uno quiere" sólo lo hace un padre, clama Jesús Martínez.

Jesús Martínez, 42, ha pasado casi la mitad de su vida en Estados Unidos. Originario de la Ciudad de México, y padre de un joven de 17 y de una niña de 13, el hombre ha trabajado en California, Nueva York e Illinois en diferentes oficios para darle a su familia una vida digna.

Recuerda que cuando recién se vino a los Estados Unidos, en 1987, sólo cruzaba una alambrada de tres líneas y no pagaba coyote. La situación ha cambiado y hora tiene siete años que no va México a visitar a los suyos. Teme no poder regresar y no poder lograr los sueños por los que trabaja arduamente en Chicago.

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"Mi hijo tenía tres años y teníamos una televisión en blanco y negro, y todos los demás tenían televisión a color. Y me decía que si éramos pobres. Eso fue lo que me hizo venirme, llevarle su televisión a color", externó.

Esa vez llegó a Nueva York y al día siguiente encontró trabajo en una juguetería. "Se me rodaban las lágrimas cada vez que entraban los papás de la mano de sus hijos y les compraban sus juguetes. Yo acaba de dejar al mío, que era mi adoración", comentó.

Su esposa trabajaba en una lavandería planchando camisas. Estuvo con él cuatro años, pero se regresó a México porque al ver cómo extrañaba y lloraba por sus hijos; él le dijo que se regresara, que él terminaría de pagar la casa que habían mandado construir.

Martínez se fue a Chicago porque todo le recordaba a ella. La extrañaba mucho, y decidió cambiar de estado.

"Lo que más he sufrido en este país es la soledad y la discriminación. Muchas veces he agachado la cabeza pa'agarrar el cheque. Pa' dónde se hace uno si uno necesita el dinero para enviarlo pa' México", se lamentó.

Desde su miedo a las alturas, su timidez y fobias, Martínez las ha superado por el bienestar de los suyos. Y con todo y miedo ha trabajado en rascacielos y bajo tormenta. "Lo que hace uno por los que uno quiere", dijo.

Pero su pensamiento siempre está allá con los suyos. Y lo peor para él es imaginar que algo malo les puede pasar y él tan lejos. Y el miedo constante "de que mi mamá no me vaya a esperar", reveló.

Su sueño de tener una casa con chimenea le has costado más de $150,000 dólares, años de trabajo agotador y la soledad y el encierro que se vive en los Estados Unidos, además de humillaciones y miedo. Pero el pensar en regresar a una vida mejor allá en su querida tierra todo lo supera.

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