Dos años después de su polémica reelección, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, transita por el alambre, inmerso en un fratricida pulso por el poder y con la popularidad a la baja debido a su controvertido programa de reforma política y económica.

Reprimida en celdas la oposición liberal y aperturista, que salió a la calle para denunciar un fraude masivo en las urnas, el mandatario se ha asido a esos contestados resultados para aparentemente dar un golpe de timón y acaparar mayor poder.

Una ambición que le ha granjeado la animadversión tanto de las fuerzas laicas conservadoras como de la casta clerical, que cree ver peligrar las prerrogativas adquiridas tras la revolución de 1979.

A su favor parece contar con un fuerte apoyo en las provincias, donde muchos gobernadores han sido nombrados durante su mandato, y de los rangos medios de la poderosa Guardia Revolucionaria, bastión ideológico del régimen, que es la máxima beneficiaria de su política de privatizaciones.

Fuertemente presionado por los altos mandos de ese cuerpo de elite y por los clérigos de más jerarquía, que le han advertido que no sobrestime su poderío, Ahmadineyad no ha claudicado y mantiene su carácter combativo pese a haber sufrido varias derrotas.

La última de ellas, verse obligado a renunciar a la cartera de Petróleo, que se había autoadjudicado tras su también criticado plan para fusionar ministerios.

La semana pasada, durante una rueda de prensa con los medios internacionales, no dudó en arremeter contra sus predecesores, a los que acusó de haber malbaratado el potencial nacional.

"Lo que siempre he dicho es que no apruebo las ideas de mis antecesores, y sus críticas no me afectan. Sigo mi camino, ya que cuento con el voto y la bendición del pueblo. No estoy de acuerdo con la forma en la que se ha gestionado la política de este país, y mis políticas suponen un giro de 180 grados", subrayó.

El pulso por el poder, que los responsables iraníes se afanan en ocultar, quedó de relieve a mediados de abril, tras su fallido intento de destituir al ministro de Inteligencia, Heydar Moslehí.

Poco después de que su supuesta dimisión se anunciara en la prensa estatal, el propio líder supremo de la Revolución, ayatolá Alí Jameneí, ordenó que el único clérigo que queda en el Ejecutivo fuera readmitido.

Durante los nueve días siguientes, el país se sumió en una crisis política, con el presidente ausente de la vida pública en un aparente pulso a la máxima autoridad del régimen.

Según páginas web opositoras como Ayandé, fue una supuesta amenaza del propio Jameneí al mandatario la que puso punto y aparte a una contienda que de acuerdo con expertos iraníes afecta a los pilares del sistema teocrático.

En el centro de la polémica gravita el denostado jefe de gabinete de Ahmadineyad y cuñado del mandatario, Esfandiar Rahim Mashai, a quien clérigos y conservadores acusan de fomentar una política laica y nacionalista.

Algunos han llegado incluso a culpar al círculo más íntimo de Mashai de constituir "un grupo de desviados" que trata de embrujar al presidente.

"La impresión es que Ahmadineyad ya no puede contar cien por cien con el apoyo del líder supremo", quien sí respaldó su polémica reelección pese a las multitudinarias protestas populares, explica a Efe un analista local que por razones de seguridad prefiere no ser identificado.

"En estos dos últimos años, ha abierto conflictos con todas las fuerzas, incluido el Poder Judicial y el Parlamento", dirigidos por los hermanos Sadeq y Alí Lariyaní, ambos considerados cercanos al líder supremo, agrega.

El primer campo de batalla se produjo precisamente en la Cámara, que ha bloqueado y criticado muchas de sus iniciativas, y en particular su programa de reforma económica.

Nada más certificarse su victoria, Ahmadineyad presentó un discutido plan para suprimir los tradicionales subsidios a la energía, la gasolina, los alimentos y otros productos y sustituirlos por ayudas mensuales en efectivo a la población.

La norma, que la Asamblea aprobó solo tras la intervención del propio líder supremo, entró en vigor a finales del pasado año y en pocos meses ha disparado ya los precios y despertado el malestar de la población, que ha perdido poder adquisitivo.

"En muchos edificios, la población ha decido no pagar los gastos. Igual ocurre en fábricas y centros comerciales, cuyas tiendas se han visto obligadas a cerrar", explica Efe una agente inmobiliaria que tampoco desea ser identificada.

Ante las críticas, el presidente ha optado por una estrategia que definió la semana pasada con una frase enigmática: "el silencio crea unidad", la misma táctica elegida por la oposición, que hoy ha convocado a la población a pasear por el centro de Teherán con las bocas selladas.

"La clave futura está en las elecciones parlamentarias", previstas para marzo de 2012, coinciden los analistas.

Javier Martín