Conozco a Teo desde hace varios años. Nos hicimos amigos a raíz de las manifestaciones y vigilias que se realizaron en Charlotte, en contra de la ley Sensenbrenner, que pretendía criminalizar a los indocumentados y que la comunidad inmigrante derrotó saliendo pacíficamente en masa a las calles de las ciudades principales y los pueblos remotos de este país.

Obrero de construcción y de profesión electricista, Teo se arriesgó a pedirle a sus patrones que apoyaran a sus empleados, incluso para "un día sin inmigrantes", que hubo en la ciudad un Primero de Mayo.

En una ocasión fue a Washington a cabildear al Congreso por una reforma migratoria integral, con un grupo de Charlotte, y estuvo en las oficinas de los representantes Sue Myrick y Mel Watt.

Teo no lo hizo público, pero sus actividades preocuparon a sus subcontratistas, quienes lo sacaron del empleo y lo vetaron en el gremio.

Teo tuvo que moverse geográficamente para ganarse la vida y se la sigue ganando honradamente.

La semana pasada recibí a través de Facebook un mensaje suyo, que compartió con alrededor de 60 amigos que él tiene en esa red social.

Transcribo el inicio para que se entienda el drama que viven muchos por los efectos de la inseguridad que se vive al sur del río Bravo, y el dolor de la lejanía.

"Amigos, este mensaje es con motivo de hacerles saber que ayer en la ciudad de San Nicolás de los Garza, Nuevo León, México, en casa mi cuñado un grupo de hombres fuertemente armados penetraron a su casa cuando él estaba fuera por razones de trabajo, ya que él se dedica a manejar "trailers" y va de un estado a otro, y tomaron secuestrados a dos de sus hijos, uno de ellos menor de edad. Los secuestradores están demandando un millón de pesos mexicanos por el rescate y como se imaginarán, hay las amenazas de asesinarlos si no obtienen lo que piden y si se da parte a la policía".

Teo me pidió hablar con la madre de los muchachos, quien me confirmó lo ocurrido, totalmente devastada, con el agravante que la familia no es pudiente, el esposo es camionero.

Con situaciones así uno queda mudo ante la irracionalidad de los hechos y la sinsalida de una solución.

México ha vivido en los últimos años un tiempo doloroso. Desde que se inició la llamada Guerra contra el Narco en 2006, las organizaciones especializadas en el tema proyectan que hasta finales de 2010, habían muerto 60,000 personas.

Cada inmigrante latinoamericano en Estados Unidos puede decir que ha contado a sus muertos.

De acuerdo con la organización www.CubaArchive.org, que tiene como función llevar una estadística de las víctimas del castrismo, desde el 1 de enero de 1959 hasta el 19 de diciembre de 2008, los muertos contabilizados habían sido 8,200. Más de 5,700 fueron fusilados y desaparecidos. Otros proyectan los asesinatos cometidos durante la dictadura de Castro, en 12,000.

La Guerra Sucia ocurrida en Argentina entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983 ocasionó más de 9,000 asesinados y desaparecidos que fueron contabilizados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep). Otros organismos de derechos humanos hablan de más de 30,000.

La Guerra Civil en El Salvador, entre 1980 y 1992, dejó 75,000 muertos, cifra en que concuerdan la izquierda y la derecha de ese país.

El conflicto en Guatemala, que duró 36 años, y culminó en 1996, causó alrededor de 200,000 muertos, de acuerdo con el sitio de internet de la Cruz Roja Internacional.

Según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Perú, Sendero Luminoso fue el responsable de la mitad de los 70.000 muertos causados por el terrorismo entre 1980 y 2000.

El gobierno de Chávez, reconoció recientemente que durante los últimos diez años la delincuencia común causó 155,000 muertos.

A mis muertos, los colombianos, víctimas de la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico, no los voy a contabilizar, ya que tengo en la memoria el cuarto de millón que dejo la violencia en las décadas de los cuarenta y cincuenta.

Solo me queda orar para que aparezcan vivos, los sobrinos de Teo.

Rafael Prieto Zartha es el director editorial del semanario Qué Pasa-Mi Gente, en Charlotte, Carolina del Norte.

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