Cris se aplica lápiz labial frente a un espejo destartalado del bar, preparándose para trabajar durante la hora pico en Vila Mimosa, el barrio de clase obrera donde abundan las prostitutas.

Al caer la noche, suena la música en las mesas de la calle del bar y hombres con el torso descubierto cocinan carne en parrillas improvisadas en la calle. A su lado hay heladeritas con cervezas. Mujeres con poco más que una estrecha bikini o en ropa interior provocativa recorren las calles de adoquines, montadas en zapatos de taco alto. Otras, inclinadas sobre los marcos de las puertas o asomando por una ventana, esperan que aparezcan clientes, con expresión de aburrimiento en la mirada.

La zona es una institución venerada por unos, mal vista por otros.

Pero igual que tantos sectores que las autoridades consideran marginales, corre peligro de ser demolida en nombre del progreso a medida que Río moderniza su vetusta infraestructura y pule su imagen con miras a la Copa Mundial de fútbol del 2014 y a los Juegos Olímpicos del 2016.

Vila Hermosa sería derrumbada para abrir paso a una línea de trenes de alta velocidad de 510 kilómetros (317 millas) entre Río y Sao Paulo que el gobierno propuso construir como parte de su proyecto para los juegos olímpicos del 2016. La licitación para la iniciativa comenzará el 29 de julio.

Todavía no comenzaron las obras, pero las prostitutas están alarmadas. Si el proyecto sigue su curso, tendrán que buscar otro sitio para operar, según Cleide de Almeida, quien se crió en Mangue, el viejo barrio de prostitutas. Es una de los diez hijos de una mujer que cocinaba para las prostitutas y hoy encabeza la asociación de residentes y comerciantes que representa a las trabajadoras sexuales de la zona.

El gobierno ha lanzado siete campañas para eliminar las zonas rosas de Río en el último siglo. Dos barrios de prostitutas fueron demolidos desde 1980, el más reciente en 1996.

Tras ser desalojadas, las prostitutas se vieron forzadas a trabajar en la calle o en automóviles hasta que pudieron comprar propiedades en la cuadra que ocupa hoy la zona rosa, un sector junto a unas vías que estaba muerto cuando ellas llegaron y que ahora está revitalizado.

"Hay de todo aquí: pensiones, salones de belleza, lavanderías, restaurantes. Todo el mundo me dice, 'Cleide, si las prostitutas se van, ¿nos podremos ir con ellas?''', relató Almeida.

Almeida ya tiene en mente un nuevo barrio si Vila Mimosa es destruida. Pero no revela cuál. La última vez que las trabajadoras del sexo se mudaron de barrio, señaló, los residentes del nuevo distrito las estaban esperando y trataron de impedirles que se instalasen allí.

Ningún funcionario de la Agencia Nacional de Transportes Terrestres, a cargo del proyecto, se mostró dispuesto a hablar del tema con la AP. Voceros de la municipalidad y del departamento estatal de transportes dijeron que no están involucrados en el proyecto por ahora.

Si se tienen que mudar, las prostitutas quieren algo más que un nuevo barrio: el arquitecto Guilherme Ripardo, contratado por la asociación de comerciantes, diseñó un centro comunitario de 1,8 millones de dólares que incluiría una clínica de salud, guarderías infantiles y capacitación profesional en campos que van desde la costura hasta el uso de computadoras.

Su moderno trazado --los bosquejos muestran pronunciadas curvas-- fue inspirado por las mismas mujeres, según Ripardo. Las prostitutas bautizaron el proyecto "A Cidade das Meninas" (La ciudad de las chicas).

Ripardo dijo que el centro debe ser funcional y hermoso, una fuente de orgullo. Que las trabajadoras sexuales son parte de la historia de la ciudad y están amparadas por la ley. En Brasil la prostitución es legal.

"Queríamos demostrar que no tienen que esconderse; es algo que existe y hay que atender a la gente aquí", sostuvo. "La solución no es aislarlas, sino integrarlas a la ciudad".

Vila Mimosa es un barrio caótico de viviendas modestas pegadas una a la otra. Las cañerías viejas están llenas de filtraciones y abundan los charcos en las calles. Las plantas bajas de la mayoría de las casas albergan bares y nightclubs en los que las prostitutas consiguen sus clientes. Los pisos superiores son salones sin ventanas a lo largo de corredores estrechos, que contienen cubículos en los que las prostitutas atienden a sus clientes.

Las prostitutas no cobran mucho: por 18 dólares atienden a un cliente 20 minutos en un camastro de cemento con un colchón cubierto por un plástico. Hay un balde de agua y papel higiénico en cada cubículo.

Unas 2.000 mujeres trabajan en las calles de Vila Mimosa las 24 horas del día. Algunas lo hacen para complementar sus ingresos como mucamas, cajeras o manicuras, antes o después de sus trabajos.

Vila Mimosa le ofrece al cliente relaciones sexuales baratas y una cerveza fría en un sitio conveniente. Está a una parada de tren subterráneo del centro de la ciudad y a cinco minutos caminando de una terminal por la que pasan decenas de líneas de autobuses. Cerca hay carreteras que comunican con todos los barrios de Río. La oficina de la Municipalidad y el estadio Maracaná se encuentran a poco más de un kilómetro (menos de una milla).

"Si se llevan a las chicas, Vila Mimosa desaparecerá. Las mujeres perderán su fuente de ingresos", expresó André Costa, de 38 años, quien trabaja en un banco y es un cliente regular.

"La gente viene para descargar un poco la tensión del trabajo y tomarse un trago. No van a subirse a un bus para esto", manifestó.

Las mujeres lo saben. Por eso sueñan con conseguir un lugar cercano para operar si se tienen que ir.

Ya han visto cómo proyectos multimillonarios de infraestructura para aliviar el tráfico de Río han expulsado a cientos de familias de los barrios marginales de Río.

Cerca de mil familias, según cifras del gobierno, fueron desalojadas para abrir paso a la construcción de Transcarioca, una autopista de 618 millones de dólares que comunicará el sector occidental de la ciudad con el aeropuerto internacional, al norte. Las obras, que ya comenzaron, son también parte de las iniciativas olímpicas.

En total se demolerán 3.000 viviendas. A los residentes se les ofrecieron casas en barrios a entre 65 y 80 kilómetros (40 a 50 millas) y los afectados dicen que es demasiado lejos para quienes usan autobuses como medio de transporte.

Amnistía Internacional y las Naciones Unidas han hecho notar que hay denuncias de abusos durante los desalojos. Muchos residentes dicen que los han maltratado y los han sacado de sus viviendas de noche.

La prostituta Cris, quien declinó dar su apellido para que sus conocidos no sepan que se dedica a la prostitución, dice que la mudanza de barrio puede impedirle ganarse la vida. Lleva trabajando allí cinco días a la semana por años y ha podido comprarse una pequeña casa. A los 48 años, no va a empezar de nuevo, sostuvo.

"Mis clientes vienen aquí, me conocen y es un sitio seguro. Conozco a todas las chicas", afirmó. "Cuando salgo de noche, hay transportes y siempre hay gente joven que te da seguridad".

El gobierno la ha emprendido contra otros sitios relacionados con la prostitución en el último año y medio. Primero cerró Help, un nightclub de la playa Copacabana donde cientos de prostitutas conseguían clientes mayormente extranjeros. Las autoridades municipales dijeron que querían construir allí un museo dedicado a la música brasileña.

Este año fueron cerrados dos pequeños hoteles usados por prostitutas en el barrio de Lapa, supuestamente por no pagar impuestos. La misma suerte corrió un sito de masajes, según Thaddeus Blanchette, investigador de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

"Quieren hacer subir los precios de la propiedad, pero también hacer la ciudad más aceptable para los extranjeros", expresó Balnchette. "Tratan de sacarse de encima a gente que puede causar una mala impresión entre los extranjeros: vendedores callejeros, prostitutas, pordioseros. Van a limpiar algunas partes y a poner una alfombra sobre el resto".