La contienda para decidir el alcalde del condado Miami-Dade entra en la recta final. El martes 28 de junio los miamenses tendremos la oportunidad de escoger al que sustituirá a Carlos Álvarez, destituido en marzo por el 88% de los votantes, después de una campaña sin precedentes encabezada por el empresario Norman Braman.

Quien salga vencedor en esta contienda tendrá un poco más de un año para hacer cambios significativos y contundentes como bajar los impuestos a la propiedad.

Ambos candidatos Julio Robaina y Carlos Giménez nacieron en la ciudad del sol, de descendencia cubana, políticos de carrera, aparente y alegadamente atados a los grandes intereses de una ciudad que ha visto como la corrupción se ha apoderado de las altas esferas de la política del sur de la Florida en los últimos años.

Están de acuerdo en revocar el aumento de impuestos sobre la propiedad, reducir los sueldos de los funcionarios públicos que en momentos de recesión –no les queda otra alternativa, ya que acaban de sacar al alcalde por hacer ambas cosas-. A su vez desean limitar los términos de los Comisionados a ocho años –lo que veo difícil ya que los comisionados están atornillados en sus sillas- y lo demás es más de lo mismo, como si ambos hubieran leído el libro "Politics for dummies 101".

Los medios de comunicación, analistas políticos, encuestadores y los profesores de universidad que se la pasan opinando, indican que será una elección cerrada.

Mientras tanto, la tasa de desempleo sigue en las nubes –una de las más altas en la nación- los negocios siguen cerrando, las familias siguen perdiendo sus casas en "foreclosure" y una visita al supermercado de la esquina te cuesta casi el doble de lo que te costaba hace un año atrás.

Sentado en la mañana en el "counter" de la cafetería cubana que me encanta desayunar ubicada en la 27 avenida del NW, quise hacer lo mas que me encanta hacer, poner el oído en el piso y escuhar lo que la gente opina.

Comencé con Elsa, nicaragüense, la que me hace el café cubano con azúcar, me sirve dos croquetas y unas tostadas de pan cubano con una sonrisa interminable. Ella lleva más de 15 años en la ciudad y fue a la primera a la que le pregunté qué opinaba sobre esta elección y ella me contestó con la sinceridad que la caracteriza.

"Aquí lo que hace falta es que bajen los "taxes" de la propiedad, ya que cada año lo siguen subiendo y si seguimos así, solo los ricos podrán comprar una casa aquí y nosotros nos tendremos que ir a nuestros países de vuelta o conseguir otro trabajo para poder pagar las deudas".

Al mi lado derecho estaba José Antonio, cubano, quien lleva 60 años trabajando arduamente en las principales calles de la ciudad –y quien ha visto más alcaldes pasar por esa silla, que muchos que conozco- se insertó en la conversación sin miedo alguno y me comentó que "desgraciadamente la silla de la alcaldía del Condado tiene un virus contagioso". De momento me quedé en silencio, ya que no quería interrumpirlo, a quien ha vivido y ha visto más políticos tocar su puerta para que le presten su voto, de los que yo veré en mi vida entera.

Segundos más tarde continúo diciendo: "todos están cortados con la misma tijera, empiezan con buenas intenciones, sueños, proyectos y anhelos, pero al llegar y sentarse en esa silla, la maldición de los grandes intereses se apoderan de ellos y les da amnesia, se olvidan de donde vivieron".

Los comentarios de ellos fueron una radiografía exacta de lo que escuché ese mismo día en el restaurante mexicano ubicado en la calle 8 y en el sushi bar de la 51 y la Biscayne.

No importaba la nacionalidad, todos estaban de acuerdo que el que salga, no solo tiene que correr un maratón y tratar de hacer lo mejor posible para que la ciudad salga del estancamiento que está, sino que el próximo alcalde en vez de estar en la silla de la oficina, debería de enrollarse las mangas, caminar las calles, escuchar a los residentes y buscar soluciones inmediatas a percances eternos que no tienen fin.

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