Ronny Murillo, un ex presidiario, es hoy capataz de obras en lo que supo ser un tenebroso gueto en la capital panameña. Mercedes Mena, quien recibió una bala perdida en una rodilla, sueña con una vivienda nueva.

Las vidas de ambos están cambiando gracias a un proyecto de renovación urbanística y social que comenzó a rodar el año pasado y que busca cambiar el rostro del barrio de Curundú, marcado por 40 años por la violencia y la extrema pobreza.

Además de viviendas, el proyecto ofrece oportunidades de trabajo a los habitantes de Curundú, donde el desempleo alcanza el 67% y el ingreso familiar promedio es de 293 dólares al mes, según un censo levantado en abril 2010. Durante el 2009, por otro lado, hubo 24 homicidios con armas de fuego, 143 robos y 71 casos de violencia doméstica en una comunidad donde se calcula que viven unas 20.000 personas.

"Es un proyecto que no sólo otorga una vivienda nueva a esta gente marginada, sino que le da la oportunidad de empleo, de llevar un sustento a casa", indicó Zuleika Herbert, gerenta social del proyecto por parte del Ministerio de Vivienda.

Aún antes de ser completado, el proyecto ya le está transformando las vidas de los residentes de la zona, ofreciéndole a Murillo, un delincuente común de 43 años, el primer empleo serio que tiene en su vida.

Ello se debe a que en las obras trabajan mayormente hombres y mujeres que viven en el barrio, entre ellos ex presidiarios como Murillo y ex pandilleros.

Las estadísticas de delincuencia y criminalidad han bajado en el primer año del proyecto, según el jefe de la estación policial de Curundú, mayor Raymundo Barroso, quien dijo que en el 2010 se registraron 12 homicidios con arma de fuego --la mitad que en el 2009-- y apenas 14 robos con ese tipo de armas, comparado con los 71 del año previo.

"Están cambiando las armas por el palaustre y los martillos", comenta Oscar Armuelles, un residente de Curundú de 40 años que dirige a una cuadrilla de 24 obreros.

El 82% de los cerca de 600 obreros del proyecto es de Curundú, según dijo el presidente Ricardo Martinelli al visitar recientemente la obra. En la ocasión señaló que el proyecto va a cambiar la forma de vivir de unas 6.000 personas o algo más de 1.000 familias.

Algunos residentes, sin embargo, no alientan demasiadas esperanzas tras más de cuatro décadas de abandono total por parte de los sucesivos gobiernos, que hicieron que Curundú se sumergiera en la miseria y la violencia, llegando a ser una zona "bien roja", como la califica el mayor Barroso.

Al menos siete pandillas han sido identificadas, entre ellas una de las más temibles en la capital, llamada Matar o Morir (Mon). Estas bandas se dedican a la venta de drogas y a la delincuencia común, según Barroso.

"Aquí hagan lo que hagan, esto no se compone más; aquí los que mandan son las bandas (pandillas)", dijo Cervantes Caicedo, de 55 años, quien exige al gobierno que le consiga un lugar tranquilo fuera del barrio para vivir con su familia. "La gente buena no va a retornar mucho aquí".

"Es la primera vez que se licita un proyecto en el país con este sistema o plan social", expresó Herbert. Más que una iniciativa urbanística, "es un proyecto social con un componente de ingeniería... Nosotros aquí apostamos por que ellos (curundueños) cambien, por eso hay un plan social".

"No es el proyecto clásico del Ministerio de Vivienda, que es construir edificios y casas, entregar una llave y salir del área", acotó Manuel Soriano, jefe de proyectos de ingeniería del Ministerio de Vivienda. "Este proyecto lleva acabo una transformación social".

El ministro de Vivienda, Carlos Duboy, dijo en una entrevista que había viajado a Brasil y Colombia y observado proyectos similares allí.

Curundú, cuyo nombre obedece al río que cruza la zona, comenzó a poblarse con personas que invadieron terrenos privados y construyeron precarias viviendas. La población creció aceleradamente y en 1971 pasó a ser un corregimiento, o cantón.

Se levantaron edificios multifamiliares en el corregimiento de 1,1 kilómetros cuadrados, pero en su corazón y en puntos periféricos se apiñaron casas precarias sobre aguas negras y que sufrieron constantes inundaciones e incendios. En un ambiente de pobreza, abundaban las balaceras diarias entre bandas rivales.

"Es increíble verlos en el centro de la ciudad viviendo en estas condiciones tan precarias", se sorprende Soriano.

Curundú se encuentra en una zona céntrica, cerca del aeropuerto Marcos Gelabert en Albrook, el segundo más importante de la capital, y de la mayor terminal de transporte público en el centro capitalino, al noroeste.

Antes de emprender el proyecto, el gobierno realizó un censo para contabilizar a las familias y conocer su respectiva situación. Fueron identificadas unas 1.200 familias, conformadas por indígenas y negros mayormente, muchos procedentes de la selvática provincia de Darién, en la frontera con Colombia. Un porcentaje de entre 8% y 10% de las familias las integran extranjeros, principalmente colombianos.

El gobierno licitó la obra y la empresa de construcción brasileña Odebrecht se adjudicó el proyecto al ofrecer el mejor precio para ejecutarlo (94,3 millones de dólares). La obra, que debe estar lista en su totalidad para abril del 2013, va adelantada en un 38% y los primeros edificios de apartamentos se entregarían en noviembre.

El proyecto contempla la construcción en una zona de 24 hectáreas de 63 edificios con 1.000 apartamentos de alrededor de 48,5 metros cuadrados cada uno, con dos recámaras, sala, comedor, cocina y un balcón.

Soriano explicó que el 90% de las 1.200 familias optará por un apartamento nuevo en su propio barrio. Cada inmueble tiene un precio de 15.000 dólares y los residentes podrán comprarlos pagando una mensualidad de 50 dólares. El resto de las familias ha optado por buscar otra alternativa de vivienda fuera del gueto y han recibido una compensación del gobierno por sus viejas casas, agregó el funcionario.

Con la obra también se está canalizando el río Curundú para evitar futuras inundaciones y focos de epidemias y se construyen dos puentes, decenas de canchas deportivas, un anfiteatro, un centro de capacitación para actividades técnicas y una área para comercios, detalló el ministro de Vivienda, Carlos Duboy.

El estadio de béisbol Juan Demóstenes Arosemana, otrora cuna del deporte rey de este país, también será remozado, agregó.

Se planea habilitar asimismo un centro para capacitar a los lugareños en trabajos como soldadura, electricidad y albañilería, entre otras actividades.

Unas 750 familias cuyas casas de madera fueron derrumbadas para el relleno de la zona han sido reubicadas temporalmente en viviendas construidas por Odebrecht cerca del proyecto o se les ha dado un subsidio gubernamental de 150 dólares al mes para que puedan alquilar donde deseen hasta el día en que regresen a sus nuevos apartamentos, según Soriano.

Otro centenar recibió una compensación por sus viviendas y optó por comprarse un lote en otro lugar para construir su casa o buscar otras alternativas. Estos no regresarán al gueto, añade Soriano.

Unas 250 familias, entre ellas del llamado sector del Aguila, aún no han desalojado la zona porque la obra no ha llegado allí. A diferencia de sus vecinos, están exigiendo compensaciones de 75.000 dólares por sus precarias propiedades, que el gobierno considera muy altas, explicó Soriano.

Una muestra tomada de 293 obreros del proyecto en noviembre, arrojó que 147 hombres y tres mujeres habían estado en prisión por algún delito, mientras que el resto --89 hombres y 54 mujeres-- no había sufrido detenciones, según el gobierno.

"Me siento muy triste cuando escucho al ingeniero de la obra que dice que aquí los trabajadores nunca habían tenido una plaza de empleo, pero me siento orgulloso cuando escucho a Johnny, quien dijo que antes era un pandillero y que ahora es un capataz", destacó el presidente Martinelli aludiendo a un curundueño.

"Como en todo barrio pobre, las pandillas necesitan oportunidades de trabajo", planteó.

Mena, una curundueña de 33 años que vive en una casa temporal con su marido a la espera del nuevo apartamento que ya tiene asignado en el proyecto, dice que para que las cosas cambien, "hay que sacar muchas manzanas podridas del área y eso cuesta".

Hace cuatro años, Mena cocinaba en su casa de madera en pleno día cuando en una balacera afuera entre bandas rivales resultó herida en la rodilla izquierda por una bala perdida. La operaron y ahora camina sin dificultad.

____

En internet:

www.proyectocurundu.com.pa