Con un sombrero de vaquero, jeans recién lavados y camisa blanca, el doctor Arnoldo Gutiérrez inicia su ronda diaria en unos corrales polvorientos del sur de Texas.

"¡Vamos! ¡Vamos!", grita. "¿Qué haces, Blanquito?", "Ven aquí, Rojo".

Los "pacientes" de Gutiérrez, a quienes el veterinario identifica por su color, son más de 100 nerviosas cabezas de ganado que acaban de salir de un camión procedente de México.

El veterinario del Departamento de Agricultura busca signos de cojera, heridas, de que la castración fue bien hecha y de parásitos que podrían traer enfermedades a Estados Unidos.

Por años, estas inspecciones se hicieron antes de que el ganado cruzase la frontera, pero la violencia del narcotráfico mexicano hizo que Estados Unidos trasladase algunas de sus operaciones a su territorio.

En el último año se trasladaron tres de los 11 centros de inspección a lo largo de la frontera, lo que generó inquietud en los ganaderos, que temen que los animales traigan a Estados Unidos enfermedades que en este país fueron erradicadas hace tiempo.

Las autoridades estadounidenses dicen que la iniciativa era necesaria por la violencia de los carteles de la droga y que estaban tomando medidas para garantizar que el ganado devuelto por alguna enfermedad no generará brotes en Estados Unidos.

"Creo que se puede decir que las instalaciones en México ofrecían una serie de riesgos y amenazas, y que nuestros empleados no se sentían a salvo yendo allí todos los días", declaró la portavoz del Departamento de Agricultura Lyndsay Cole.

La violencia del narcotráfico causó más de 34.600 muertes desde que el gobierno de Felipe Calderón lanzó una ofensiva contra los carteles en diciembre del 2006. Entre las víctimas de esa violencia ha habido algunos estadounidenses, incluido un agente del servicio de inmigración asesinado en una emboscada en una carretera mexicana.

Temerosas de que le violencia llegase a algunos de los puertos de inspección más alejados de la frontera, las autoridades estadounidenses decidieron trasladar las operaciones de tres centros --Reynosa, Nuevo Laredo y Piedras Negras-- a los puertos de Pharr, Laredo e Eagle Pass, todos en Texas. Las tres instalaciones de México se encontraban a más de 30 kilómetros (20 millas) de la frontera, mientras que todos los demás centros de inspección están en la frontera.

Se supone que el cambio es temporal, pero por ahora no hay planes de regresar a esos tres puertos de México.

Gutiérrez realiza inspecciones una semana por mes, como parte de un equipo rotatorio de veterinarios del centro de inspección de Laredo. Las cabezas de ganado que rechaza son colocadas en un camión y enviadas de regreso a México, acompañadas por un agente del Departamento de Agricultura que se asegura de que el animal se va del país.

"Tenemos muchos protocolos para garantizar que las instalaciones temporales dentro de Estados Unidos siguen suministrando el mismo nivel de protección contra las enfermedades que ofrecían los puestos de México", declaró el subsecretario de agricultura Edward Avalos.

Cifras del Departamento de Agricultura indican que en los últimos tres años fueron importadas 955.000 cabezas de ganado. Más de la mitad ingresaron por Texas.

La presencia de un parásito conocido como babesiosis bovina puede costarle a la industria ganadera de Texas 123 millones de dólares tan solo en el primer año, según un cálculo del 2010 del Centro de Políticas Alimenticias y Agrícolas de la Universidad A&M.

El mal, transmitido por garrapatas, reduce el ritmo de crecimiento del ganado, su capacidad reproductiva y puede incluso ser mortal. En el pasado, el mal se expandió al Centro del país, la costa oriental y California.

Cualquier brote en Estados Unidos requeriría un costoso proceso en el que los animales reciben un baño de pesticidas como el que se le da al ganado en el centro de inspecciones de Laredo antes de internarse en el país. Un hacendado con ganado infectado tendría que trasladar todas sus cabezas a los centros de inspección cada dos semanas durante nueve meses para que reciban el tratamiento, a un costo de al menos 150 dólares por cabeza.

"Eso es dinero perdido", expresó Ty Keeling, ganadero de Pleasanton, a media hora de auto de San Antonio.

Keeling, quien tiene 30 años, compra ganado mexicano pero ya no va a ese país por razones de seguridad. Comprende las razones por las que trasladaron a Texas algunos centros de control, pero teme que, a la luz de los recortes presupuestarios que hay en Texas, se reduzcan las inspecciones.

"Es un tema de interés nacional si no hay controles en la frontera", sostuvo. "Si hubiese un brote en todo el sur de Estados Unidos, eso eliminaría una cantidad de animales y los precios de la carne aumentarían".

Antes de ser enviados a Estados Unidos, las autoridades mexicanas revisan los animales.

"El ganado que lleva está en condiciones bastante buenas", manifestó Gutiérrez. "Hacen lo que pueden" en México.