En el Día de las Madres, son muchas las mujeres inmigrantes que tienen poco que celebrar.

América López abrazó fuertemente a sus pequeños hijos Freddy, de 7 años, y Marvin, de 11. La joven madre se estaba despidiendo de ellos pues planeaba inmigrar a Estados Unidos. Su hijo Fausto, de 8 años, no la quiso abrazar.

"Fue triste. Fue bien difícil", recuerda América, de 36 años. "Llegamos a Guatemala y yo no paraba de llorar".

Ese día América y su prima salieron de San Salvador en autobús hacia Guatemala, un viaje de casi 10 horas durante el cual América derramó innumerables lágrimas.

"Uno siente que se desgarra por dentro. Hacer ese esfuerzo es muy difícil en el momento", asegura ella.

Hace seis años, esta madre salvadoreña le dijo adiós a sus seres más queridos para emprender el mismo viaje que cientos de miles de madres han realizado hacia el norte en busca de un mejor porvenir para sus hijos.

Desde entonces, América no ha vuelto a abrazar a sus hijos.

DIFÍCIL DECISIÓN

A pesar de haber trabajado desde pequeña ayudando a sus padres y haber comprado una pequeña casa en su país, la situación económica de la familia de América estaba mal.

"Allá hay tanta pobreza. Mi hijo estaba estudiando y me pregunté, ¿cómo voy a hacer? Esa fue la razón por la que me vine", explica.

Después de hipotecar su casa para cubrir el costo del viaje y la pasada a este país, América dejó a sus hijos a cargo de sus padres y de su marido. Decidió venir en vez de mandar a su esposo porque no creía que él se sacrificaría tanto como ella por sus niños, dice.

"Yo voy a ir a luchar por mis hijos", recuerda haber pensado América. "La verdad yo casi siempre he sido padre y madre para ellos".

Varias amistades le habían contado que en Estados Unidos había muchas oportunidades, que aquí se hacía mucho dinero. Al llegar aquí, lo que le contaron le pareció un cuento de hadas, pero aún así, no se rindió. Encontró trabajo de limpieza y empezó a mandar dinero para mantener a sus hijos y para pagar la colegiatura de su hijo mayor.

"Ya gracias a Dios me vine, y ahora ya mi niño está a un año de graduarse de la universidad", dice.

América trabaja un total de 65 horas por semana. Solamente descansa los lunes y martes por la mañana. Y descansar es un decir pues esos días se dedica a limpiar su casa, lavar su ropa y preparar la comida de la semana.

Lo que gana le alcanza para pagar la renta y alimentarse, mandar dinero a sus pequeños y de vez en cuando "ahorrar sus $20 pesos". Quiere ahorrar aunque sea cantidades pequeñas para poder regresar a su país y a sus niños.

LEJOS, PERO EN SU CORAZÓN

En todo momento, América lleva a sus chiquitos en el corazón. Durante navidad es cuando se le hace más difícil estar lejos de ellos. Ella y su prima, quien dejó a dos hijos en El Salvador, viven juntas y se consuelan entre ellas.

Las dos quisieran regresar, pero saben que la realidad no se los permite.

América ha visto crecer a sus hijos en fotografías. Ha oído cómo han cambiado sus voces por teléfono. Ha celebrado sus alegrías y compartido sus pesares a la distancia.

Gracias a la nueva tecnología, les llama seguido y les manda mensajes de texto varias veces al día: les pregunta cómo amanecieron, cómo va la escuela, si se portan bien con sus abuelos.

"Ellos me dicen, 'pero si ya estamos grandes'", dice América. "Yo los dejé chiquitos, yo los voy a ver como unos bebés siempre".

Ahora el mayor ya tiene novia, el segundo juega fútbol, y el pequeño se pasa horas en la computadora. El padre de América le cuenta que son muy aplicados al estudio.

"Me hace sentir feliz, orgullosa. Al menos valoran el sacrificio que yo hago de no verlos crecer," dice.

Cada 10 de mayo, Freddy, Fausto y Marvin le llaman y le leen un poema cada uno. Este año, ella ya espera con ansias esa llamada.

"Me sacan mis lágrimas, pero me siento bien," asegura. "Me siento bien porque sé que me aman igual que yo a ellos".

Por ahora, América conserva las cartas que sus hijos le enviaron cuando eran más pequeños y se alegra de oir sus sueños para el futuro: Marvin ya aprendió inglés pero quiere aprender cinco idiomas más, Fausto quiere ser militar y Freddy quiere ser ingeniero en computación. Marvin, el mayor, le dice que en cuanto él consiga un buen trabajo, ella debería regresar a El Salvador.

"Los amo, los extraño cada día que pasa, pero así es la vida y hay que seguir adelante", lamenta América. "Sé que en el futuro, primeramente Dios, vamos a estar juntos".

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