Mario Vargas Llosa está deseando que disminuyan los múltiples compromisos que le han surgido tras ganar el Premio Nobel para centrarse en lo que le gusta, la Literatura, y ya tiene en marcha un proyecto, "que podría ser una obra de teatro", basado en el comienzo del Decamerón, de Boccaccio.

De este proyecto habló hoy el gran escritor peruano en el homenaje que le rindió la Universidad Complutense, que ha convertido al autor de "La casa verde" en protagonista de la I Semana Complutense de las Letras y le ha dedicado también una exposición sobre los libros del novelista que se guardan en esta universidad, incluida su tesis sobre García Márquez.

En el paraninfo de la Complutense, abarrotado de gente, Vargas Llosa mantuvo un diálogo con los periodistas Juan Cruz y Carlos Granés en el que rememoró sus años en esta universidad, donde cursó estudios de doctorado en 1958-59, y habló de la rebeldía como motor para transformar el mundo y sobre "la fascinación" que siente por los fanatismos, entre otros muchos temas.

Al final de su intervención Vargas Llosa afirmó que "nunca" ha vivido "la experiencia del escritor que se queda en blanco, sin ideas", ya que él siempre tiene "temas en carpetas". Y ahora le da vueltas a "un proyecto de novela", del que no reveló detalles, y a otro que le "fascina mucho" y que podría ser una obra de teatro, inspirada en el comienzo del Decamerón.

Ese comienzo "es una metáfora de lo que es la Literatura", dijo Vargas Llosa tras recordar que, en la obra de Boccaccio, la peste que azotó Florencia a mediados del siglo XIV llevó a un grupo de personas a refugiarse en una casa de las afueras de la ciudad y a ir contando cuentos "para escapar de aquella terrible realidad".

"Esa situación de base me parece maravillosa para contar una historia. Es uno de los proyectos a los que doy vueltas, y tal vez sea el primero en el que me embarque", afirmó el novelista peruano, quien no descarta subirse "una vez más" a los escenarios" como actor. Ya lo hizo en 2005 con "La verdad de las mentiras", y luego con "Odiseo y Penélope" y "Las mil y una noches".

"Ha sido una experiencia impagable, aunque hubiera debido empezar antes. Mi mujer dice que es demencia senil y me amenaza con el divorcio si vuelvo a subirme a los escenarios", comentó el autor de "La fiesta del chivo" en presencia de su esposa, Patricia Llosa, y entre las risas de los asistentes.

Vargas Llosa estudió en la Complutense en unos años, finales de los cincuenta, en los que la censura franquista afectaba incluso a las clases de la Universidad y, en Literatura, estaba mal visto pasar del Romanticismo, porque el Modernismo y lo que venía a continuación "eran sospechosos".

En plena dictadura, Madrid "era entonces como una aldea, estaba muy alejada de lo que ocurría en el mundo", rememoró hoy Vargas Llosa, que se siente "muy orgulloso" de su expediente académico de aquellos años: sacó sobresaliente en todo.

El escritor guarda "buenos recuerdos" de profesores como el poeta Carlos Bousoño, que por entonces revisaba su "Teoría de la expresión poética" y el curso "era un laboratorio donde ponía a prueba sus ideas", y de Antonio Oliver, "que había descubierto en un pueblecito de Ávila a Francisca Sánchez, el mítico amor de Rubén Darío".

Oliver convenció a Francisca, ya muy anciana, de que donara a España los 5.000 documentos que guardaba de Darío, y para Vargas Llosa, gran admirador del poeta nicaragüense, fue una suerte que utilizaran ese material en clase.

En 1971 Vargas Llosa defendió su tesis sobre García Márquez, en la que estudiaba los primeros cuentos y novelas del escritor y "el gran salto" que supuso "Cien años de soledad". Ese voluminoso trabajo, que hoy recibió "magníficamente encuadernado", le serviría para su libro "García Márquez. Historia de un deicidio".

Vargas Llosa siempre ha sentido "fascinación por el fanatismo", que ha producido "las peores catástrofes de la humanidad. Pero también hay fanatismos maravillosos", como el que llevó a Flaubert a convertirse "en un gran escritor a base de disciplina y de trabajo".

"Detrás de genios como Flaubert, y de algunos otros grandes creadores, hay actitudes que pueden ser fanáticas".

Al escritor le gustan los rebeldes, porque "son los que han transformado el mundo y nos han sacado de las cavernas".

Y cierta rebeldía siente tras la concesión del Premio Nobel, "una extraña combinación de cuento de hadas y de pesadillas". Al convertirse "en una persona pública", pierde "la libertad" y eso es lo último que él quisiera perder.

Ana Mendoza