Marie Bolívar, una mujer que tiene el cabello gris y la voz rasposa, tritura maní hasta formar una pasta, con el fin de preparar emparedados que vende junto a una carretera, al equivalente a 12 centavos de dólar cada uno. En estos días, la pasta está más delgada porque el precio del maní ha aumentado un 80%.

Bolívar, de 60 años, dijo que, aún así, tiene problemas para alimentar a sus cuatro hijos y para pagar el alquiler.

"No puedo sobrevivir así", expresó en una tarde reciente, mientras amontonaba el maní recién triturado en una charola pequeña de plástico.

Los crecientes precios de los alimentos no representan un fenómeno nuevo en Haití, el país más pobre de América, que es además altamente dependiente de las importaciones. Ahora, esos precios suben otra vez, respondiendo a las tendencias globales, mientras que el costo de la gasolina se ha duplicado a 1,31 dólar el litro (5 dólares el galón). Los haitianos pagan más por los productos básicos que buena parte de los países latinoamericanos y caribeños, de acuerdo con un sondeo de The Associated Press.

Más de la mitad de los 10 millones de habitantes de Haití sobreviven con menos de dos dólares diarios, y cientos de miles dependen de la caridad. Es fácil encontrar a los niños desnutridos, cuyo cabello se torna anaranjado.

"Los haitianos tienen menos margen para aumentar sus gastos en alimentos", dijo Myrta Kaulard, directora del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas. "Esta es una preocupación grave".

Bolívar es una de muchas personas que se dedican a comerciar en las calles. La gente con ingresos semejantes se ve afectada desde dos frentes: el alza de los precios y el hecho de que los consumidores tengan menos dinero para gastar.

Parece increíble cuando Bolívar dice, "todo era mucho más fácil hace un año". En el 2010, Haití había sido arrasado recién por un terremoto que mató a 300.000 personas y destruyó buena parte de Puerto Príncipe. Bolívar se refiere a que hace un año, la comida era mucho más barata, gracias a la llegada de ayuda de emergencia.

Pero a medida que la operación de ayuda se reduce y que los mercados internacionales de materias primas se fortalecen, los precios vuelven a subir. El mes pasado, se convocó a una huelga de taxistas para protestar contra los altos precios de la gasolina, pero la medida no prosperó porque los conductores necesitaban desesperadamente trabajar para ganarse el sustento.

Una buena noticia ha sido el precio del arroz, el alimento básico de Haití. Empujado a la baja por la comida gratuita que llegó después del sismo, su precio se colocó en septiembre a 0,92 dólar por kilogramo, aumentó a 1,38 dólar en enero y luego comenzó a caer, de acuerdo con la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Pero el maíz, que costaba 0,68 dólar por kilo poco antes del sismo, se elevó casi al doble en marzo.

Sin embargo, los ingresos de la población no han aumentado. El salario mínimo es de 5 dólares diarios y la mayoría de los haitianos carece de un empleo que pueda pagarles siquiera esa cantidad. Así, como Bolívar, prefieren dedicarse al "degaje", un término creole que significa "salir adelante con lo que hay a mano".

Todo depende también de dónde hace las compras un consumidor. En una tienda reconocida de abarrotes, un kilogramo de arroz blanco puede costar hasta 3,03 dólares, pero los mercados callejeros, donde los productos son más baratos, cierran al atardecer. Así, muchos consumidores no tienen más alternativa que los supermercados.

La naturaleza y el mundo exterior son otro motivo de penurias. La erosión, la deforestación, las inundaciones y las tormentas tropicales dificultan la agricultura. Las importaciones de productos estadounidenses representan una dura competencia para los productores. Haití importa prácticamente todos sus alimentos, incluido más del 80% de su arroz, conocido aquí como "arroz Miami".

Un pollo entero cuesta 8 dólares en Haití, el doble del precio en Perú. Los argentinos devengan mucho más dinero que los haitianos, pero pagan menos por un kilo de arroz.

El auge en las fábricas textiles en las ciudades desde la década de 1970 ha dejado al ámbito rural sin trabajadores. Bolívar figura entre quienes se mudaron ahí. Vive dentro de una pequeña casa de ladrillos de concreto en una barriada de la ciudad de Petionville, donde la economía es relativamente buena.

"No había nada para mí en el campo", dijo.

El camino sinuoso que ha seguido la ayuda tras el sismo busca en parte alentar a los sobrevivientes a dejar sus campamentos, así como estabilizar los precios de los mercados. Organizaciones como el Programa Mundial de Alimentos de ONU han lanzado programas para distribuir efectivo a cambio de ciertas tareas, repartir almuerzos en las escuelas para garantizar la presencia de los niños y hacer que los trabajadores asistenciales compren productos locales.

Pero para Bolívar, es el costo de la vida lo que complica todo. Señala que habitualmente come una vez al día. Uno de sus hijos debió dejar de ir a la escuela porque adeudaba dos meses de matrícula.

Una hija ayuda a la familia, trabajando como camarera en un popular restaurante libanés, al que asisten las clases adineradas y los trabajadores extranjeros de ayuda.

Bolívar confió en que todo mejorará bajo el gobierno de Michel Martelly, el músico elegido presidente el 20 de marzo.

"Esperamos todas las promesas que él hizo", dijo bolívar. "La gente quiere actividad comercial. La gente quiere empleos y comer".