La Berlinale se refugió hoy en la amistad, como puerta de emergencia cuando el mundo no funciona como debería, desde la perspectiva de una comedia estadounidense a medio gas, "Prince Avalanche", y desde el duro cine gitano de Danis Tanovic.

Dos hombres de edad y aspiraciones antagónicas -el joven Emile Hirsch y el algo más maduro Paul Rudd-, metidos a trazar la línea discontinua de una carretera en medio de un bosque incendiado: este es el punto de partida del filme de David Gordon Green.

Un gitano de Bosnia Herzegovina, a cuya esposa embarazada ningún hospital quiere extraerle el feto muerto, si no pone sobre la mesa el dinero de la operación, ya que no pagan seguro médico: esta es la cruda realidad de "Epizoda u Zivotu Beraca Zeljeza" ("An Episode in the life of an Iron Picker"), de Tanovic.

Dos filmes en las antípodas uno del otro, pero con el nexo de la amistad entre hombres condenados a entenderse, sea porque comparten una tienda de campaña y un trabajo en el bosque, sea porque su único cobijo es la solidaridad, en medio de su desolada situación.

"Entre la destrucción de un bosque quemado renace la vida. Y entre dos personalidades que se detestan también crece la empatía, si uno es capaz de buscarla", apuntó Gordon Green respecto a su filme, una revisión de "Either way", de Hafstein Gunnar Sigurösson.

Menos lacónico que su precedente islandés y con un toque de comedia melancólica, Gordon Green retrata las margaritas que crecen entre troncos quemados o la complicidad que surge entre un joven, ansioso de sexo indiscriminado, y su colega, necesitado de silencio.

El trío formado por el director y sus dos actores compareció ante la Berlinale con caras de buenos chicos y pose de grandes amigos, a modo de extensión de la comedia de buenos sentimientos que defendían, una de las 19 aspirantes a los Osos del festival.

Nada es irreparable, ni siquiera el hecho de haber dejado embarazada a una mujer de 47 años -el joven Hirsch, de 27 años-, en una de las excursiones a la ciudad, o que al adulto Rudd ambicioso de silencios le plante por carta su novia -la hermana de su compañero, para mayor molestia-.

Nada es irreparable, tampoco, en el mundo sin concesiones de la familia de gitanos bosnia, por mucho que estén en situación extrema y sin recursos, ni siquiera para la mujer a la que se niega atención médica, esté o no a las puertas de la muerte.

No son gitanos errantes, sino asentados como el resto de sus vecinos, que se ganan el sustento desguazando autos o escarbando en vertederos en busca de chatarra.

Pese a todo, su situación es de absoluta precariedad, tanto como el motor del viejo Opel Kadett que se quedó helado entre la nieve y que no arranca en medio de la emergencia.

"No es solo un retrato del desamparo y la exclusión, sino también de la solidaridad, la pertenencia a un colectivo que solo se tiene a sí mismo", explicó Tanovic.

El director acudió a la Berlinale apuntalado en el prestigio de "No man's land", el drama bélico de los Balcanes, que en 2001 le dio la Palma de Oro en Cannes y el Óscar a la mejor película en lengua no inglesa.

Así como Gordon Green defendió su filme con sus dos "amigos", Tanovic lo hizo acompañado de los intérpretes de su duro filme, Senada Alimanovic y Nazif Mujic, que se llaman igual que sus personajes porque no son actores, sino seres arrancados de la vida que cuentan su propia historia.

Completó la jornada, aunque fuera de competición, "Night train to Lisbon", basado en el best-seller de Pascal Mercier y con un Jeremy Irons interpretando al melancólico profesor de Berna que un día sube a un tren nocturno en dirección a Lisboa en busca del protagonista del libro que le dejó la muchacha a la que apartó del suicidio.

De la melancolía existencial del maestro a la portuguesa, de la mano del director Bille August y con secundarios como Christopher Lee, tan draculiano como siempre aunque no sea esa la idea, o Charlotte Rampling, convertida en una anciana.

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Por Gemma Casadevall

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