Al final de la primera semana del año escolar decenas de adolescentes se dirigen a una discoteca en un suburbio de la Ciudad de México.

Dejan sus mochilas en la entrada del club de tres pisos en Ecatepec, en el Estado de México, y después corren a la pista de baile en medio de una ola de espuma que les llega a los hombros. Comienzan a mover sus caderas y a rozarse en un baile sexualmente provocativo que es el distintivo de la nueva locura de los jóvenes en la ciudad.

Miles de adolescentes pobres de la Ciudad de México se han convertido en imitadores de la subcultura puertorriqueña del reggaetón, que mezcla moda callejera con ritmos como el reggae, el hip hop y la música latina. Desde hace casi un año todos los fines de semana los jóvenes, conocidos como reggaetoneros, han abarrotado las estaciones del metro para ir a bailar a clubes o fiestas clandestinas, apropiándose de vagones enteros del subterráneo, cantando a todo volumen sus piezas favoritas.

La Ciudad de México es un bastión del liberalismo en medio del México conservador, pero ha demostrado tener poca tolerancia con los jóvenes que imitan una subcultura extranjera que la mayoría ha visto sólo por internet, por lo que los reggaetoneros enfrentan hostilidad y en ocasiones hasta violencia.

Cientos de ellos se enfrentaron con la policía en julio después de que una fiesta se cancelara en la llamada Zona Rosa, un distrito de bares y clubes en el centro de la ciudad, porque el límite de asistentes se había sobrepasado.

Según las autoridades, hasta 600 jóvenes molestos porque no podían entrar a la fiesta descargaron su furia en las estaciones locales del metro, dañando torniquetes y lámparas del alumbrado público. La policía detuvo a unos 200 jóvenes y después de unas horas los dejó en libertad.

Dos semanas después unos reggaetoneros que se reunieron en la estación del metro Chabacano fueron agredidos por un grupo de jóvenes que planificaron el ataque en Facebook. Las cámaras de vigilancia grabaron a más de 10 hombres pateando a un reggaetonero tirado en la calle y golpeándolo con cinturones.

La página de Facebook de los agresores es una de varias que surgieron desde el año pasado en las que se insta a la gente a matar o golpear a los reggaetoneros. También hay múltiples videos en YouTube donde se ridiculiza el reggaetón y la forma en la que se visten sus aficionados.

Muchos de los atacantes son porros, integrantes de grupos estudiantiles que surgieron en la década de 1960 para acabar con los levantamientos en las escuelas y que se han convertido en pandillas de jóvenes que operan en escuelas secundarias y universidades, donde las autoridades tienen poderes limitados para intervenir.

Un porro, que pidió no ser identificado por temor a represalias, dijo que los grupos han golpeado a reggaetoneros por los menos en cinco ocasiones por considerar que estos "se sienten superiores y actúan como si fueran los dueños del metro".

Según sociólogos, los reggaetoneros han sido estigmatizados por la forma en la que se ven y porque vienen de barrios pobres.

Los reggaetoneros mexicanos de ambos sexos se depilan las cejas y usan pantalones entallados en colores estridentes, aretes y collares brillantes, lentes oscuros grandes y gorras de béisbol con decoraciones vistosas. Los chicos se cortan el cabello en casquete corto o en mohicanas pequeñas que peinan con gel. Las chicas usan ropa entallada, camisetas brillantes y peinados con moños rosas o morados y flecos con gel.

Las letras sexualmente explícitas del reggaetón y su distintivo baile conocido como "perreo" también se han convertido en una excusa para atacarlos.

Una página de Facebook describe el reggaetón como "un ruido estúpido extremadamente gay y grotesco que obstruye las neuronas". La página pide que la gente termine con la horrible plaga y mate a los reggaetoneros por el bien de su país.

Jose Antonio Pérez Islas, coordinador del Seminario de Investigación en Juventud de la Universidad Nacional Autónoma de México, dijo que los reggaetoneros sólo quieren divertirse.

"Este tipo de agrupamientos es de lo poco que les queda para construirse un lugar para socializar", dijo Pérez Islas. "La mayoría ya no van a la escuela, muchos trabajan en la economía informal, sus familias están totalmente en crisis y la mayoría tienen que socializar en la calle y agrupados".

Carlos Martínez, un estudiante de secundaria de 17 años que produce reggaetón en su tiempo libre, dijo que los desmanes de algunos, entre ellos el drogarse con solventes en público, han hecho que se generalice esa imagen a todos los fans del reggaetón.

"Ahora si te gusta el reggaetón te tachan de criminal y de drogadicto", dijo Martínez durante una reunión en el estudio casero de un amigo en el barrio de Iztapalapa. "Yo me identifico con la música porque habla de lo que pasa en las calles, de los secuestros, la drogadicción, todo lo que se ve en Iztapalapa."

Aunque el reggaetón ha sido popular en México desde hace unos siete años, sus seguidores comenzaron a formar clubes, o combos como ellos lo llaman, en Facebook apenas hace dos años, cuando los grupos comenzaron a reunirse en las estaciones del metro que elegían como punto de reunión.

"Ellos se citan en un lugar conocido, no conocen la ciudad y se acompañan para llegar al lugar del evento. Estando en conjunto el viaje es más seguro", dijo Pérez.

Los clubes tienen nombres como "Clase y Estilo", "Chicle Poppers", "Sicarios", "La Familia" y "Los Danoninos", el último tomado de una marca de yogurt. Sus integrantes publican fotografías de sus salidas, intercambian música, chismes y se enteran de las fiestas que se están planeando para el fin de semana.

Monserrat Gómez, de 18 años, vive en una casa de dos habitaciones con otros seis integrantes de su familia en un barrio pobre. Tuvo que dejar la preparatoria para ayudar a su madre enferma y ahora trabaja tres días de la semana en un puesto de quesadillas, ganando 150 pesos (cerca de 11 dólares) a la semana.

El año pasado un amigo la invitó a unirse al combo Liverpool y aceptó porque se podía integrar gratis y dijo que los clubes de reggaetón suelen dar descuentos en las entradas a las fiestas cuando la gente llega en grupos grandes.

"Para mí es una forma de despejar mi mente, de divertirme", dijo Gómez.

Christopher Rodríguez, un estudiante de secundaria de 17 años, fue miembro de un combo que se reunía en una estación de metro a una hora del centro de la capital. Pero ahora por la atención negativa muchos de los adolescentes prefieren viajar en grupos pequeños. Rodríguez incluso evita los clubes.

"Se empezaron a hacer rivalidades con otros grupos y se hizo un desmadre, yo por eso me salí", dijo Rodríguez, mirando a través de sus grandes lentes.