Mas de 16.000 pañuelos blancos han ondeado esta noche en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, saludando el colorido espectáculo -más que concierto a secas- con el que la banda británica ha presentado a millones de personas en todo el mundo vía Internet su quinto disco de estudio, Mylo Xyloto.

El contexto previo era irregular. Las entradas se agotaron en menos de una hora, pero la noche se presentaba fría, amenazaba lluvia y las críticas se habían destemplado con los días hasta calificar su nuevo disco de "previsible".

Al final, hasta la lluvia se ha aliado con ellos y, aunque han caído unas gotas, Coldplay ha podido declarar su amor por Madrid y Madrid los ha amado.

Los que no consiguieron su entrada han podido disfrutar del concierto desde casa por las plataformas Youtube o Vevo, junto a una audiencia potencialmente millonaria que iba de Argentina a Zimbabwe, gracias a una retransmisión internacional supervisada por un as de la fotografía, Anton Corbijn.

En ella habrá quedado claro que Coldplay o sus asesores tienen, ante todo, un gran sentido del espectáculo y que, al obsequiar a los asistentes con un pañuelo blanco, esperaban triunfar en este coso taurino que tantas grandes faenas ha acogido y que hace sólo unos días velaba el cuerpo del diestro Antonio Chenel "Antoñete".

En Las Ventas esta noche ha cabido de todo, hasta llegar a un punto en el que parecía que cualquier cosa podía ocurrir. Así se han sucedido fuegos artificales, juegos de luces que surcaban la plaza a una velocidad endiablada, balones locos botando entre el público, pulseras de colores luminiscentes y chorros de confeti coordinados con los golpes musicales.

Nada es casual en ellos, ni su desenfadada forma de vestir, acorde con la estética grafitera que tratan de imponer con "Mylo Xyloto", ni que Mario Vaquerizo haga una frugal aparición sobre el escenario para calentar motores.

Todo medido. Donde minutos antes quedara muerta una guitarra estrellada contra el suelo por un Chris Martin eufórico, aparece minutos después todo un set acústico para la banda.

En lo estrictamente musical, quizás hayan donado más terreno a la entrega y al sentimiento que a la precisión de la que han hecho gala en ocasiones anteriores, sobre todo la voz de Chris Martin, que le ha confesado entre aplausos al público madrileño que son "los mejores fans del mundo".

Ya no son los chicos lánguidos de "Parachutes" o "A Rush Of Blood To The Head". Ellos mismos han declarado que se consideran afortunados por cuanto la vida les ha dado, algo que se deja sentir en su último disco, un estallido de alegría apto para grandes foros, y también en los arreglos que han incorporado a algunos temas de sus comienzos para hacerlos sonar más efusivos.

En la rueda de prensa que daban unas horas antes, Martin comentaba que entre las experiencias que habían vivido durante la grabación de este álbum estaba el descubrimiento de una tarta de chocolate que no engordaba y que eso "es lo que le había dado la emoción a este disco".

Si entendiéramos eso como una metáfora, lo suyo sería un azúcar que no quiere empalagar y sus discos y sus conciertos, secuencias precisas en las que cuidan con celo la alternancia de momentos altos y bajos, quién sabe si para realzar los temas álgidos, que son al final los que más brillan, sobre todo "Viva la vida", "Fix You" y "Every Teardrop Is A Waterfall", el cierre de la velada.

No sorprendería así la selección del repertorio de esta noche, muy poco diferente al de sus conciertos previos en Sudáfrica y Brasil, que ha rescatado temas interesantes pero más anodinos, como "God Put A Smile Upon Your Face" o "Til Kingdom Come", y que ha pasado de largo sobre grandes éxitos como "Speed of Sound" o "Talk".

En cualquier caso, el balance final arroja una nueva victoria para los británicos, que sobre todo han entretenido a su público y que han tenido la oportunidad de presentarles algunos de sus temas nuevos, como la mística "Up In Flames" y la coreada "Paradise".

Javier Herrero