El argentino Andrés Calamaro se transformó en toda una estrella de Hollywood y brilló como la que más en el primer concierto de su carrera en EEUU, una poderosa actuación que, en su recta final, contó con el apoyo del español Enrique Bunbury.

El suyo fue un bautismo de oro. Los 1.500 espectadores que prácticamente llenaron el Hollywood Palladium se entregaron por completo a la causa desde el comienzo y fueron testigos de un espectáculo repleto de poesía, intensidad y emoción, con momentos álgidos como el protagonizado por el virtuosismo de "Crímenes perfectos", junto al exintegrante de Héroes del Silencio.

Fueron casi dos horas de rock que rescataron algunas de las composiciones más famosas de su época en Los Rodríguez ("Sin documentos", "Para no olvidar", "Todavía una canción de amor") y que repasaron la trayectoria de una figura clave de la música en castellano en las últimas décadas, comenzando con el atronador fogonazo inicial de "¿Quién asó la manteca?", de su álbum "Alta suciedad".

Pertrechado con su chaqueta de cuero, un pañuelo anudado al cuello y sus inseparables gafas de sol, el músico interpretó más de una veintena de canciones, la mayoría de su repertorio en solitario, que fueron desde la energía de "El salmón" hasta la intimidad y el lirismo de "Los divinos".

Comenzó la velada como la terminó, con unos gestos de torero que dejaban entrever que saltaba a un nuevo ruedo con la confianza y la experiencia de arrastrar toda una vida a las espaldas. Las derrochó por completo a través de su guitarra, su armónica a lo Bob Dylan y su piano juguetón mientras gritaba "¡Arriba Hollywood!".

Así se sucedieron "Mi gin tonic", "Media Verónica", "El tercio de los sueños", "Para no olvidar" y "Estadio Azteca", justo cuando se llegó al ecuador de la velada, preludio de uno de los momentos más vibrantes con la llegada de "Te quiero igual", celebrada por el cantante entre tragos de chupitos con la compañía de su pianista, llamado Alfonso "Al" Pacino.

Siempre atento con sus compañeros de la banda MVP5 (El Niño a la batería, Candy Caramelo en el bajo y los guitarristas Diego y Julián K), no dudó en reconocer sus méritos y aplaudirles constantemente.

"Una banda sin guitarras es como un hombre heterosexual de más de 30 años sin barriga", afirmó el argentino sobre el escenario ante las risas del público, que volvieron a aparecer cuando hizo referencia a Charlie Sheen, a quien considera su ídolo, y a su compatriota, el futbolista Carlos Tévez.

A partir de ahí, con un Calamaro muy entonado, el concierto fue "in crescendo" con temas como "Siete segundos", "El día que me quieras", "Los aviones", la celebradísima "Mi enfermedad", "Maradona", "Sin documentos", "Los chicos" y la deliciosa "Paloma".

Tras despedirse del público, Calamaro y los suyos apenas se hicieron de rogar y regresaron rápidamente para atacar "Crímenes perfectos", cantada con su amigo Bunbury, recibido con fervor por los espectadores y con quien se fundió en un gran abrazo al término del tema.

Faltaba el colofón. La obra maestra del genio. "Flaca" no decepcionó. Al contrario, hirvió la sangre hasta al más templado y provocó que una admiradora perdiera los papeles y subiera al escenario para abrazar a su ídolo hasta tirarlo al suelo.

Poco pudieron hacer los miembros de seguridad para evitar el suceso, recibido con perplejidad de los integrantes de la formación, que no obstante encajaron la situación con una sonrisa.

La misma que dibujaba el rostro de Calamaro, quien se sabía ganador. En el último suspiro, se rodeó de sus compañeros y con otro pase torero, se despidió. Las luces aparecieron en el Palladium y despertaron del sueño a los allí presentes. El mito argentino, a sus 50 años, se había estrenado en el país.

El primer concierto de Calamaro en EEUU supuso el debut de la gira "Still Alive & Well", que le llevará el 1 de octubre a Las Vegas y posteriormente a Nueva York, Miami y Chicago.

Por Antonio Martín Guirado