La primera gran retrospectiva sobre el "padre" de Los Pitufos, el belga Pierre Culliford, reconstruye en París y hasta el próximo 30 de agosto las múltiples facetas artísticas del creador conocido como Peyo que en 1958 alumbró a los célebres y diminutos personajes azules.

Coincidiendo con el estreno en las pantallas de cine de todo el mundo de la película en 3D dedicada a Los Pitufos (Les Schtroumpfs, según el nombre original), la exposición reúne más de 200 objetos vinculados al autor como planchas originales nunca antes exhibidas, archivos y fotografías que repasan la vida y obra de Peyo.

"La mayoría de la gente conoce a Peyo (1928-1992) por la animación, por los dibujos animados", explican los responsables de la muestra que podrá visitarse hasta final del mes próximo en el Hôtel Marcel Dassault, que agregan que se trata de una visión "terriblemente reductora".

Peyo, artista "discreto y púdico" que ha entretenido a tres generaciones de niños y adultos del mundo entero, era "un dibujante meticuloso y perfeccionista" además de un "guionista inmenso que dedicaba toda su energía al relato y a la puesta en escena".

La exposición abre las puertas de trabajos menos conocidos del bigotudo Peyo, como las aventuras de Benoit Brisefer, de El gato Pusy o de Johan y Pirluit, historieta, esta última, que funcionaría como embrión de Los Pitufos.

Fue el 23 de octubre de 1958, mientras Johan y Pirluit luchaban contra las injusticias que encontraban en una Edad Media sublimada por Peyo en el álbum "La flauta de seis agujeros", cuando nacieron Los Pitufos como personajes secundarios de aquel cómic.

"Los lectores del periódico 'Spirou' plebiscitaron rápidamente a esos nuevos personajes, que inmediatamente empezaron a vivir sus propias aventuras", comentan los artífices de la muestra parisina articulada por la casa de ventas Artcurial.

A partir de entonces, Los Pitufos no dejarán de evolucionar, tanto desde un punto de vista gráfico como psicológico.

"Cada pitufo se volverá reconocible por un atributo, una profesión o un rasgo de personalidad" y desarrollarán sus "valores fundamentales" sobre principios como "la solidaridad, la ecología, el trabajo, la confianza mutua, el respeto, compartir, la paz o la fe en el futuro".

Se trata de una visión más amable que la interpretación del francés Antoine Buéno, que recientemente publicó "El pequeño libro azul: análisis crítico y político de la sociedad de Los Pitufos", en el que concluye que las simpáticas criaturas azules reproducen estereotipos racistas, totalitarios y antisemitas.

Desde esa perspectiva, "Papá Pitufo" aparece representado como el jefe autoritario de una comunidad en la que sólo hay una mujer (con tintes arios) y que se defiende de los ataques del malvado Gargamel (cuya nariz aguileña y su gato Azrael "recuerdan a una caricatura antisemita").

No obstante, y como prueba de las variadas interpretaciones que han circulado sobre Los Pitufos, en Estados Unidos se llegó a sospechar que su nombre en inglés, "Smurf", correspondía al acrónimo de "Small Men Under Red Forces" (Pequeños Hombres Bajo Fuerzas Rojas).

Por su parte, el comisario de la muestra parisina, Éric Leroy, cierra la polémica describiendo a Peyo como un "autor apolítico".

Interpretaciones políticas a parte, los pequeños seres azules con gorros blancos que vivían en setas tradujeron sus 272 andanzas en papel en un éxito promocional y televisivo.

Peyo fue "el primer artista en comprender la importancia del marketing y del merchandising para popularizar su obra", según los comisarios de la muestra.

Así, las aventuras de Los Pitufos abordaron la televisión en los años sesenta, vieron llegar al cine su primera película en 1974 y colonizarán las pequeñas pantallas de todo el mundo con una nueva adaptación televisiva en los ochenta, de la mano de los Studios Hanna-Barbera.

Además, mientras muñecos y peluches se introducían en las tiendas de juguetes, celebérrimas marcas de refrescos y de cereales o automóviles utilizaban su imagen en sus campañas publicitarias.

La vida de Peyo se detuvo por un paro cardíaco y a la edad de 64 años en la Nochebuena de 1992, dejando tras de sí "una importante obra, conocida y reconocida en todo el mundo".

Legado que este verano recupera toda su vigencia, gracias en parte a la exposición que París le dedica y, en gran medida, a la adaptación cinematográfica de "Los Pitufos" que el director Raja Gosnell estrena en tres dimensiones.